Nueva esperanza para los cambures

Al morder la pulpa blanca de un cambur puede notar fácilmente que no tiene semillas. ¿Lo había notado? Para los cambures, la falta de semillas significa un riesgo existencial, que hasta los momentos ha superado exitosamente en su historia sin semillas. Los cambures que se consumen son triploides (3n), lo que significa que tienen tres conjuntos de cromosomas en lugar de dos, como la mayoría de los organismos (incluidos los seres humanos). Con más material genético, los triploides crecen más rápido y más grandes, pero son infértiles. No pueden organizar sus tres conjuntos de cromosomas en pares, lo cual es necesario para la generación exitosa de gametos o células sexuales mediante el proceso de meiosis.

Como resultado, los cambures tienen que ser propagados asexualmente por un bulbo o rizoma, pedazos de la planta madre que tienen el mismo código genético, manteniéndose igual de una generación a otra. Entonces, una enfermedad fatal para cualquier planta de cambur tiene el potencial de convertirse en una pandemia desastrosa para toda la especie.

La variedad de cambur Gros Michel (o Big Mike) enfrentó el final de su era cuando la incurable enfermedad de Panamá, se extendió a todas las regiones productoras en América Latina durante la década de 1950. Posteriormente, la variedad Cavendish sustituyó a la Gros Michel, pero actualmente es susceptible a la enfermedad fúngica sigatoka negra. Es como si la industria agrícola estuviera en una carrera sin fin para desarrollar una variedad que sobreviva década tras década. La industria agrícola invierte mucho tiempo, dinero y esfuerzo en el desarrollo de frutas y verduras que sean más aptas, con mejor fragancia y sabor, mayor fertilidad y tengan la capacidad de crecer en suelos áridos, o sean resistentes a plagas y enfermedades.

Una técnica ampliamente utilizada por los agricultores desde la antigüedad para obtener productos de mayor resistencia y valor, es el injerto, que consiste en juntar porciones de diferentes especies de plantas. Al tener un sistema inmunológico basado en compuestos químicos que detectan la presencia y la actividad de las proteínas microbianas, los tejidos que no son propios de la planta quedan fuera del radar. Las plantas se centran más bien en curar su herida. En la medida que el agua fluye a través del sistema vascular, ahora fusionado en la zona del injerto, los compuestos químicos y las hormonas vegetales se comparten, convirtiendo a la planta en un híbrido fisiológico con frutos quiméricos. Por lo tanto, el injerto es una forma sencilla de agregar una característica de una planta a otra.

El proceso clave para un injerto exitoso es la regeneración del tejido que une a las dos partes, esto lo hace el tejido meristemático, que está formado por células madre. Estas células se encuentran en continua división celular, provocando el crecimiento en las plantas, cerrando así la herida. Además es responsable de la reposición del xilema y el floema (sistema vascular), que permiten el transporte del agua, la savia y los nutrientes. Sin embargo, hasta los momentos los agricultores solo han podido realizar injertos en plantas dicotiledóneas como la guayaba o el aguacate. El potencial de injerto en las monocotiledóneas no existía, a pesar de que abarca las plantas más importantes desde el punto de vista agrícola, como el trigo y los cambures.

En un estudio recientemente publicado en la revista Nature, un equipo de investigación descubrió un método exitoso para injertar plantas monocotiledóneas. Este método de injerto es diferente de otros injertos en plantas, debido a que se realiza en la etapa embrionaria donde aún no se manifiestan las características más complejas de la planta. Al injertar plantas antes de que comiencen a formarse los brotes y las raíces, los investigadores lograron una hibridación de monocotiledóneas, comparable con el injerto tradicional realizado en tejido meristemático. Los resultados mostraron que las células ubicadas en la zona del injerto estaban creciendo para fusionar las dos porciones y conectar así el sistema vascular. De esta manera, la planta injertada estaba lista para su nuevo ciclo de vida. Además, esta quimera vegetal alcanzó con éxito la etapa de madurez.

Una vez alcanzado el éxito del experimento al ocurrir el injerto en la planta, los investigadores estudiaron cuál fue el mecanismo molecular de curación de la herida. Entre sus resultados consiguieron que además de la curación del tejido meristemático y la fusión del sitio de corte, la clave para comprender el desarrollo de la planta fue su plasticidad. Lo que le permite a la planta modificar su estructura y función de su organismo, propiciando la adaptación a un cambio. Surge como respuesta a la incapacidad de la planta para moverse. Mientras mantienen su cuerpo enraizado en el suelo, las plantas pueden desarrollar diferentes cantidades de ramas y hojas, acomodándose a las modificaciones del entorno sin que ocurra un cambio evolutivo.

¿Podrán los científicos crear un nuevo cultivo de cambures resistentes a la plaga que lo amenaza? El novedoso método de injerto de monocotiledóneas ha abierto una nueva ventana que puede terminar generando la fórmula adecuada para favorecer el injerto en la planta. Tal vez sea demasiado pronto para decirlo, pero con el desarrollo acelerado de nuevas variedades de cultivos, los cambures podrán ser tachados de la lista de especies en peligro de extinción.

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