Este cansancio que cansa

“El mayor cansancio proviene del trabajo no realizado” Eric Hoffer.

De acuerdo al diccionario, cansancio tiene dos acepciones: 1) falta de fuerzas que resulta de haberse fatigado; 2) aburrimiento, hastío, tedio, fastidio. Según una definición médica, el cansancio es una sensación subjetiva de falta de energía física o intelectual, o de ambas. Otras versiones médicas del cansancio, son: agotamiento, letargo, astenia.

La mayoría de los venezolanos siente cansancio, y no tan solo de lograr el necesario sustento o la preciada e indispensable medicina, como tampoco de todas esas peripecias que tanto fatigan por conseguir un pasaporte o arreglar la documentación necesaria. Digamos que lo que se aprecia en buena parte de los compatriotas es simplemente cansancio político. Nuestra sociedad muestra rasgos de cansancio, de agotamiento. Este hastío, esta posible derrota psicológica de la sociedad, puede dar al traste con todos los esfuerzos políticos que se están activando. Este hastío, esta posible derrota psicológica de la sociedad, puede dar al traste con todos los esfuerzos políticos que se están activando.

Cansados de las triquiñuelas legales del CNE; cansados de ver cómo se cumplen una tras otras las exigencias de un presidente que hace poco tiempo estaba deslegitimado; cansados de ver cómo se publican informaciones espeluznantes y atentatorias contra la poca moral ciudadana que va quedando; cansados de ver cómo la corrupción y la incontrolable inseguridad se ubican en las noticias de cada día.

Tal vez el cansancio ha neutralizado a cientos de miles de ciudadanos y las sempiternas explicaciones, para muchos, se tornan cansonamente fastidiosas.

Así están las cosas. Esta sensación subjetiva de falta de energía física o intelectual, o de ambas, se convierte en apatía, en esas letales expresiones: «eso no es conmigo», «qué me importa», «se lo buscaron» y la más común: «de la política estoy cansado». Ya muchos amigos sienten que esta situación les produce angustia, escozor; los irrita. Es la sensación de que nada va a cambiar, que todo esfuerzo es en vano, que todo va a seguir igual. Y eso hace posible que el régimen haga lo que le dé la gana, que aplasten a quien quieran y como quieran. Y estas posturas resultan dramáticas para el porvenir del país.

Apartarse de cualquier asunto que se refiera a la política, implica dejar en manos de un régimen autoritario el futuro de todos.

Pero es que también la oposición contribuye al cansancio generalizado. Puede que sea por cansancio de tanta lucha sin éxitos relevantes, o por impotencia. Al desgaste y falta de credibilidad de la gente en los partidos políticos debemos sumar la falta de autoridad política de las dirigencias. Pareciera que el régimen ha logrado controlar un contexto que resulta de su labor de destrucción del individuo, pero que al mismo tiempo lo atornilla en el poder: una espera resignada, una noción de futuro agotada, en la que nadie sabe qué se puede esperar.
La desidia es evidente. El desinterés también. Vivimos en un país donde tan sólo podemos sentir el cansancio de la sociedad como respuesta coherente a tanto egoísmo interesado. Vivimos en un país que no mira en su conjunto al futuro sino que vive sepultado en las miserias del pasado, un país donde no hay justicia para todos sino para quienes detentan los mismos ideales del régimen. Vivimos normalizados en una anormalidad que se torna norma, hábito y destino. Y esto agota. Cuando una sociedad espera que le digan sólo lo que quiere oír, o cuando se niega a mirar de frente lo que está ocurriendo, ha entrado en una espiral de decadencia, al menos cívica, que permite conjeturar un futuro en el que las libertades efectivas vayan reduciéndose progresivamente aún sin que la sociedad se dé cuenta.

Esperar la recapacitación de los demás, es de algún modo permanecer en ese aletargado cansancio que nos debilita, nosotros somos «los demás» para los otros, acaso no es válido entonces preguntarnos ¿Cuál es nuestra parte en esta sempiterna lucha? ¿En qué podemos contribuir para mejorar estas condiciones del país que nos ha correspondido vivir? Pues comprendiendo que no hay tiempo para descansar, y no es momento para ser pusilánimes.

Algún día, algún hecho insólito, no previsto, hará que la gente despierte del letargo. Ya una vez anotamos en alguna parte: por allí están los imprescindibles, los que no se cansan, aquellos de quienes nos hablara Bertolt Brecht, esos idealistas, luchadores, gente simple que piensa que actuar políticamente es importante. Por allí están, unos en sus redes, otros, fortaleciendo ese indispensable tejido social, en las pequeñas asociaciones, en los partidos políticos periféricos, en las agrupaciones universitarias donde la militancia no es un empleo, así como en los sindicatos, los gremios, en todas esa agrupaciones que han comprendido el nuevo rol que les depara el porvenir. La política no debe ser fingir ignorar lo que se sabe y «saber» lo que se ignora; comprender lo que no se comprende y no oír lo que se oye; hablar lo innecesario y callar lo debido. Ya buena parte de la ciudadanía comprometida se ha percatado que es necesario participar en política y producir un cambio.

Manuel Barreto Hernaiz

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