La última clase del Dr. Monagas

La última clase del Dr. Monagas

In memoriam de José Miguel Monagas, mi padre

Para el maestro que vive su magisterio, como vive su vida, ninguna clase debe ser relegada de una visión actual, sino sobre cómo será mañana. Este criterio, que guio la acción docente del extinto educador José Miguel Monagas, supuso la necesidad de concienciar en el alumno la libertad como condición y derecho para desarrollar las iniciativas, que desde la creatividad pueden construir.

Esa es la base de lo que doctrinas educacionales, expuestas en la década de los 60`s, motivaron múltiples praxis docentes. Todas dirigidas a exhortar formas de enseñanza fundamentadas en el axioma aprender aprendiendo, que luce complementado por el pensamiento del filósofo y matemático griego, Pitágoras, cuando expresaba que “educar no es dar carrera para vivir. Sino templar el alma para las dificultades de la vida

Justo en esa dirección, apunta la pedagogía. Aunque el problema que muchas veces traba el trabajo docente, tiene su explicación en la resistencia cultural cuando actúa conciliada con el carácter ortodoxo de procesos educacionales, que sólo plantean y exigen que el alumno comprenda algo desconocido para él. Cuando debe ser lo contrario. O sea, hacer del estudiante alguien distinto. Alguien que, hasta ese momento, no existía.

Motivado por esa línea metodológica, José Miguel Monagas, cultivaba en sus alumnos sus virtudes como flores de un jardín. Del jardín de educandos que siempre tuvo ante sí. Cual espléndido y augusto jardinero. Se había formado como Maestro de Educación Primaria Urbana, graduado en junio de 1949, en la Escuela Normal de Cumaná. Luego, en 1957, como abogado y doctor en Derecho, por la Universidad de Los Andes. Por eso, entregó su vida al magisterio en todos los niveles del proceso enseñanza-aprendizaje. Aunque también, se valió de estar preparado como periodista y líder sindical y gremial. Por consiguiente, se dio en alma, vida y corazón a la educación con la sublime motivación de formar hombres y mujeres de bien para la Patria grande.

Sus clases constituían disertaciones magistrales que convocaban la reunión de personas con distintas ocupaciones y oficios. Y venidas con el entusiasmo que despierta el discurso de quien sabe hacer y sentir la educación.

Esa figura admirada y respetada por tantos, era el Dr. José Miguel Monagas. Sus clases, aunque centradas en teoría educativa, o en Filosofía de la Educación, apostaban a debatir sobre Deontología de la Honestidad y Pedagogía de la Dignidad. Para ello, debía pasearse por los idearios de insignes estudiosos de la Educación como Simón Rodríguez, Paulo Freire, Luis Beltrán Prieto Figueroa, Lev Vygotsky, Jean Piaget, J.J.Rousseau, Ángel Rosenblat y Orlando Albornoz, entre otros.

Explicaba que, si bien el hombre es un animal político, tal como lo definió Aristóteles, era igualmente sujeto de la Economía, de la Matemática y de la Geografía. Sólo que cualquiera de tan extensas disciplinas, debían su desarrollo a la Educación. Pues en ella, residen los recursos, razones, elementos y condiciones sobre las cuales se erige cualquier axioma, postulado o verdad que la consolidación y afianzamiento de las ciencias y artes, brinda en aras del progreso humano. Y de la vida misma.

Enfatizaba con suma constancia que hay dos poderes en este mundo que cimientan o resquebrajan la continuidad de la vida. El primero, el de la espada (o de las armas). Y el segundo, el poder de la pluma (o el de la educación dirigida a sembrar el conocimiento). Quizás por ello, las tiranías les temen a los libros, tanto como al pensamiento creativo a partir del cual se formaliza, desarrolla y asegura el saber.

Al mismo tiempo, sus clases eran marco para que los asistentes forjaran constructos que validaran la importancia de cuantos proyectos de vida perfilaban ideas y esperanzas.

Aunque nada tan profundo como fue su última clase magistral, dictada en febrero de 1986 en el auditorio de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes. Entre los asistentes destacaban autoridades rectorales y decanales universitarias. Un portentoso estudiantado convertido en magno cuerpo universitario, sumado a familiares, amigos e interesados en escuchar las hondas palabras del Maestro Dr. Monagas que invitaban a reflexiones de conciencia y causa.

El Maestro José Miguel afincado en un verbo que llegaba a los parajes más recónditos del alma y la razón, decía: “debemos asegurarnos de trazar un nuevo mapa entre nosotros, porque es posible que no volvamos a tocar lo que hemos guardado en nuestros afectos y recuerdos. Y que, por descuido o desidia, pudimos haber perdido sin entender la ocasión que provocaron las respectivas pérdidas”

A veces es necesario dejar atrás impulsos o intereses pues, aunque pueden tenerse cerca, comienzan a sentirse lejanos. Eso es un problema de vida. Y su solución amerita ser de nuevo uno mismo. O sea, quienes en el fondo somos. Y que, en principio, compartimos esas luces que hoy se hallan distanciadas de nosotros. Pero tan conmovedora situación, la explica el hecho de habernos convertido en seres incómodamente previsibles. Como el vuelo de las aves hacia el sur con ese pronóstico de terribles injusticias que todos vemos y nadie soluciona

Seguía el Dr. Monagas estremeciendo sentimientos toda vez que expresaba: “quizás, necesito irme para estar de nuevo entre ustedes. Al igual que ustedes necesitan mi ausencia para aprender a encauzar la vida desde el sentido de la Educación como canal profundo de análisis y reflexión. Esto es como marcharse para entonces comprender la necesidad de devolvernos a la vida. Pero con nuevas y mejores ideas que sean capaces de recoger lo que en el camino fuimos dejando”.

Así fue despidiéndose José Miguel Monagas, como quien va achicando agua del barco que se hunde, pero con la certeza que lo imposible sea lo posible de los tiempos por venir. Con palabras que sacudían sentimientos y emociones, apuntaban a emotivos significados. Hace 35 años, la Mérida universitaria fue testigo de tan especial y magistral discurso. Así se dio la última clase del Dr. Monagas.

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